Divanes en forma de helado... que hacen pensar demasiado

¿Acaso causa caos?

Acto I. Amanece

Después de decidirme a echar lo imprescindible en mi mochila, comencé a caminar con decisión. El paisaje variaba considerablemente. Podríamos decir que mi partida se inició en una especie de desierto, con arenas movedizas de por medio, que en alguna ocasión quisieron atraparme, aunque sin éxito. Más adelante el paisaje tornó a una especie de bosque, misterioso, de cuento, con zonas de intermitente luminosidad. Los árboles tenían musgo que indicaban el camino hacia el norte. Había hojas por el suelo, setas, piedras. La humedad y el olor es aquel que precede a las tardes lluviosas. Ese bosque era la antesala de una inmensa pradera en la que sólo existía un color: verde. La hierba crecía sana y fuerte hasta la eternidad, o esa era la sensación que me produjo. Qué bien se pasea con los pies descalzos. La tierra tiene la textura perfecta para que no te hundas pero sin resultar dura en exceso. Después de mucho rato andar, hubo un segundo color en ese paisaje: el azul. Correspondía a un pequeño estanque que reflejaba el color del cielo. Era sólo eso, un reflejo.

Adormece

Y aquí es donde vi al pequeño pez que parecía tan grande. Me quedé observándole un tiempo prudencial, el necesario para concluir que no era tan majestuoso como él mismo, pretencioso, creía ser. Lo curioso de los peces es que, por lo general, se adaptan al entorno que les rodea, adecuando su tamaño a él. Esto es, cuanto más grande y más oportunidades ofrezca el hábitat en el que se encuentran, más grande y fuerte crecerá dicho pez. Bien, eso no siempre ocurre.

Atardece

Caos. Atardece. El sol se va a la cama. Y, tras unos segundos de inmensa y total oscuridad, en los que tiempo y respiración se paran, comienza una nueva etapa. La noche. La noche es magia, vida, dualidad inexistente por sí misma, claridad en la oscuridad, sombra sin sombras. Y aquí es donde me encuentro. Donde sentidos en principio secundarios se activan y avivan por pura necesidad. Donde es necesario escuchar, oler, sentir y seguir. Intuir. Nexo de unión el pararse. 
Pararse. 
Pararse. 

Acto II. Aparece

Pararse y ubicarse. Me encanta la noche, me enamora. Noche de luna, noche de lobos que le aúllan, noche de claridad en las manos del poseedor de cerillas. No la enciendas, no quiero verte... sólo, tan sólo, abrázame fuerte. Con los ojos cerrados se ve mejor incluso. Instintos primitivos afloran. Todo fluye, todo funciona. Noto que en mi piel se amontona ese dulce olor, el dulce aroma, que quien sólo los que llegaron a la noche hace mucho tiempo, pueden detectar desde la gran lejanía. Todavía no es mi caso, soy recién llegada, pero tengo los mejores lobos en mi manada.

Sé mi noche en el día, mi luz en la oscuridad, las nueces en mi brownie, mi gorro en invierno, mi brisa de verano, mi olor a lluvia inminente, mi baño de agua caliente.

La mitad de mi parte entera. 

¿Y los demás...? Fuera, fuera, fuera. 

Estoy entusiasmada.

                         "Todos los cambios proceden del caos"